Museo en el aire

Por Maria Zozaya
Cuando escribo “Museo en el aire” me refiero a la doble acepción que se podría aplicar a la colección permanente de aviones históricos de la Fundación Infante de Orleans (FIO).

Primero, porque traslada sus piezas únicas de colección al cielo, cuando vuela el primer domingo de cada mes sus ejemplares, realizados entre 1925 y 1967. Se convierte de ese modo en la máxima representación de un museo vivo de la técnica y la ingeniería aeronáutica. Segundo, digo “Museo en el aire” porque la situación de recesión económica está poniendo en cuestión su continuidad, y todo el trabajo que para la colección vienen desempeñando  de forma altruista aviadores y voluntarios desde hace casi veinte años podría desvanecerse en la atmósfera de crisis.

Su colección es única. Cuenta con ejemplares como “el mosca” o el “dragon rapide”. Sus aviones históricos vuelan una vez al mes (los británicos lo hacen cada dos),  realizan disposiciones únicas como la disposición en saeta (que puede verse en el vídeo que acompaña) que es única en este  aeródromo de los que existen en todo el mundo. Hacen acrobacias únicas, para las que cuentan con el campeón europeo y del mundo, el español Ramón Alonso (que bien podríamos llamar Superman I). Para realizar todo ello cuenta con aviadores de talla mundial de magnífica preparación como el mencionado. La experiencia de ver esas joyas aéreas pilotadas con una precisión absoluta, junto con la delicadeza de los aviadores, generan un contraste con la máquina que es un privilegio estremecedor para los amantes de la técnica. Este arte en el aire que puede verse en el aeródromo de Cuatro Vientos el primer domingo de cada  mes.

Lamentablemente ese espectáculo incomparable en España es posible que termine. En el plano económico, los recortes de las subvenciones provocarán que la FIO desaparezca, como ellos mismos señalan en su página web, pues cumplían -ya no cuentan con ellos-un papel esencial en el mantenimiento de la Fundación, pues casi se puede decir que tienen gasolina para volar un sólo mes más. De momento sólo queda la contribución de los socios (60 euros al año, a cambio de interesantes ventajas para los amantes del aire y la técnica) y el dinero que se genera con exhibiciones mensuales. Pero se han recortado las subvenciones privadas y públicas (Aena es su último bastión). Si desaparecen tales ayudas, se podrá pagar menos gasolina para los aviones y habrá que despedir a los técnicos y restauradores.   Eso hará que cada vez haya menos vuelos, con menos aviones y que éstos a su vez pierdan la actividad que les mantiene con vida técnica. La inercia generada por esa envolvente hará que termine por desaparecer la Fundación. Si desaparece la Fundación, la colección con ella, y quedará tal vez disgregada en otras americanas o británicas, con las cuales compite esta española y se pone al más alto nivel mundial en esta materia. Es probable que con apoyo del Estado, vinculado a la sección de Cultura Científica del Ministerio de Investigación y Ciencia, o a instituciones como el  Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, se pudiera mantener con relativamente poco esfuerzo.

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